Felipe e isabel de españa

La Virgen de los Reyes Católicos ilustra a la Virgen María con el Niño Jesús en brazos siendo adorada por prominentes figuras católicas en la época de la composición de esta pintura. María y Jesús, sentados de forma prominente en un trono ornamentado y ataviados con ricas vestimentas, vigilan y protegen a quienes les rezan.

El rey Fernando V está arrodillado a la izquierda con Santo Tomás de Aquino de pie (sosteniendo la iglesia); un joven Don Juan se arrodilla a la derecha de Fernando. La reina Isabel está arrodillada a la derecha con Santo Domingo encima, sosteniendo el lirio y el libro.

Un punto primordial que se extrae del cuadro es la idea de que la autoridad viene primero de Dios y luego de los líderes temporales y espirituales. El rey, la reina y los santos de esta imagen dan testimonio de ello mostrando el debido respeto a Dios y a su madre.

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El término Reyes Católicos[a][b] se refiere a la reina Isabel I de Castilla[1] y al rey Fernando II de Aragón, cuyo matrimonio y gobierno conjunto marcó la unificación de facto de España[2] Ambos pertenecían a la Casa de Trastámara y eran primos segundos, pues ambos descendían de Juan I de Castilla; para eliminar el obstáculo que esta consanguinidad hubiera supuesto para su matrimonio según el derecho canónico, recibieron una dispensa papal de Sixto IV. Se casaron el 19 de octubre de 1469 en la ciudad de Valladolid; Isabel tenía dieciocho años y Fernando un año menos. La mayoría de los estudiosos aceptan que la unificación de España se remonta esencialmente al matrimonio de Fernando e Isabel.

España se formó como una unión dinástica de dos coronas y no como un estado unitario, ya que Castilla y Aragón permanecieron como reinos separados hasta los decretos de Nueva Planta de 1707-1716. La corte de Fernando e Isabel estaba en constante movimiento, con el fin de reforzar el apoyo local a la corona por parte de los señores feudales locales. El título de «Reyes Católicos» fue otorgado oficialmente a Fernando e Isabel por el Papa Alejandro VI en 1494,[3] en reconocimiento a su defensa de la fe católica en sus reinos.

Juana de castilla

El término Reyes Católicos[a][b] se refiere a la reina Isabel I de Castilla[1] y al rey Fernando II de Aragón, cuyo matrimonio y gobierno conjunto marcó la unificación de facto de España[2] Ambos pertenecían a la Casa de Trastámara y eran primos segundos, pues ambos descendían de Juan I de Castilla; para eliminar el obstáculo que esta consanguinidad hubiera supuesto para su matrimonio según el derecho canónico, recibieron una dispensa papal de Sixto IV. Se casaron el 19 de octubre de 1469 en la ciudad de Valladolid; Isabel tenía dieciocho años y Fernando un año menos. La mayoría de los estudiosos aceptan que la unificación de España se remonta esencialmente al matrimonio de Fernando e Isabel.

España se formó como una unión dinástica de dos coronas y no como un estado unitario, ya que Castilla y Aragón permanecieron como reinos separados hasta los decretos de Nueva Planta de 1707-1716. La corte de Fernando e Isabel estaba en constante movimiento, con el fin de reforzar el apoyo local a la corona por parte de los señores feudales locales. El título de «Reyes Católicos» fue otorgado oficialmente a Fernando e Isabel por el Papa Alejandro VI en 1494,[3] en reconocimiento a su defensa de la fe católica en sus reinos.

Isabel, reina guerrera

En el año 1248, el rey San Fernando III de León y Castilla asediaba la ciudad de Sevilla. Los largos meses de sacrificio y trabajo constante se prolongaban uno tras otro, un calvario continuo que parecía no tener fin. Con la llegada del verano, la prueba superó casi la resistencia humana. Los hombres morían literalmente por el calor sofocante, y las «severas condiciones daban la impresión de que el aire hirviente había sido enviado desde las fosas del infierno».

Por si esta nueva aflicción no fuera suficiente, al mismo tiempo una enfermedad mortal azotó el campamento de Fernando que también comenzó a cobrar la vida de muchos de sus hombres. Uno de los fallecidos fue don Gonzalo Ruiz Girón, chambelán del rey, consejero personal y, sobre todo, su gran amigo. Perder a un amigo así, para el rey Fernando, «era como ver desaparecer la última línea de tierra en el horizonte, y encontrarse de repente solo entre el cielo y el mar abierto.» Estas duras pruebas «…tuvieron un efecto desmoralizador en el espíritu de Fernando, sumergiéndolo en una profunda angustia que nunca antes había experimentado.»

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